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lunes, 24 de marzo de 2025

¿“Una vez salvo, siempre salvo”? La verdad bíblica sobre la seguridad de la salvación y el juicio de Dios


 
I. Introducción

La doctrina de la seguridad de la salvación es una de las más estimadas y predicadas en los círculos evangélicos, especialmente dentro del pensamiento reformado calvinista. Según esta perspectiva, todo aquel que ha sido verdaderamente regenerado por Dios está eternamente asegurado en su salvación, ya que fue elegido incondicionalmente desde la eternidad y su salvación no depende de su perseverancia o fidelidad, sino del decreto soberano de Dios y de la eficacia irresistible de su gracia¹.

Desde esta óptica, el creyente no puede perder la salvación porque no la eligió por sí mismo, ni puede retenerla o perderla por su conducta. El argumento se resume así: “Si el ser humano no hizo nada para ser salvo, tampoco puede hacer nada para dejar de serlo”. Esta afirmación tiene una lógica interna coherente dentro de un sistema teológico basado en el determinismo divino, pero no refleja el modelo bíblico ni la experiencia cristiana vivida, tal como la presenta la fe adventista del séptimo día.

Un punto de conflicto con la fe adventista

En contraste con esta visión calvinista, la teología adventista enseña que la salvación es un don de Dios recibido por la fe, pero mantenido por una relación viva y continua con Jesucristo, a través de la acción del Espíritu Santo. Esta relación se puede rechazar libremente, y por lo tanto, la salvación puede ser también libremente abandonada².

Esta postura ha sido criticada como insegura, inestable o incluso como “legalista” por parte de muchos expositores reformados y de ex adventistas que abrazaron la doctrina calvinista de la seguridad eterna. Algunos de ellos afirman que “los adventistas no creen en la seguridad de salvación”, y que “viven bajo el miedo de un juicio final en el que nunca se sabe si se será salvo”.

Lamentablemente, estas acusaciones no son completamente infundadas, ya que en muchas ocasiones los propios adventistas hemos dado esa impresión:

  • Al predicar el sábado o la ley como signos externos de salvación, sin aclarar su verdadero lugar como fruto de la fe.
  • Al hablar del juicio investigador como una amenaza, en lugar de presentarlo como una buena noticia para el pueblo de Dios.
  • Al descuidar la enseñanza sobre la seguridad que hay en Cristo como fundamento diario del caminar cristiano.

Propósito de este estudio

Este estudio tiene como objetivo presentar una comprensión profunda, bíblica de la seguridad de la salvación según la fe adventista, abordando las siguientes preguntas clave:

  1. ¿Puede un cristiano tener seguridad de salvación hoy?
  2. ¿Cómo se experimenta esa seguridad en el contexto del juicio investigador?
  3. ¿Qué lugar ocupan la ley, el sábado y la obediencia en esa experiencia?
  4. ¿Es posible vivir con paz en Cristo incluso en medio de la crisis final?

Proponemos que la seguridad de la salvación no debe entenderse como una sentencia incondicional dictada desde la eternidad, sino como el fruto de una relación real, dinámica y libremente aceptada con Jesús, que se mantiene en el tiempo mediante la fe, la dependencia y la respuesta diaria a la gracia.

“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3)

II. El problema del malentendido: ¿Los adventistas creen en la salvación por obras?

Uno de los mayores obstáculos para comprender y apreciar la visión adventista de la seguridad de la salvación es el profundo malentendido que existe en el mundo cristiano evangélico acerca de nuestras creencias sobre la Ley, el sábado y el juicio final. Y en muchos casos, ese malentendido ha sido alimentado, no solo por críticas externas, sino por nuestras propias deficiencias en cómo comunicamos el evangelio.

Muchos de los que critican la fe adventista la describen en términos como:

  • “Los adventistas enseñan que te salvas si guardas el sábado.”
  • “No tienen seguridad de salvación porque creen que todavía están bajo la ley.”
  • “Ellos creen que el juicio investigador puede borrarte del libro de la vida si no eres perfecto.”

Aunque estas afirmaciones son deformaciones graves de la teología oficial adventista, debemos reconocer con humildad que ciertos estilos de predicación, folletos, sermones y testimonios mal enfocados han reforzado esa visión distorsionada.

A. El juicio investigador mal comprendido

El juicio investigador es una doctrina distintiva y profundamente bíblica, basada en textos como Daniel 7:9–14, Daniel 8:14, Apocalipsis 14:6–7 y Hebreos 8–10. Sin embargo, ha sido a menudo presentado como un proceso sombrío y aterrador, donde cada error del creyente será exhibido y juzgado sin misericordia, dejando en el aire la pregunta: “¿Seré salvo o no?”

Ese enfoque ha hecho que muchos crean —erróneamente— que la salvación adventista depende de la conducta, no de Cristo.

Pero según la fe adventista, el juicio investigador no es un tribunal para determinar si Cristo es suficiente, sino una fase del gran conflicto en la que se vindica el carácter de Dios y se revela quién verdaderamente ha recibido y mantenido una relación viva con Cristo¹. Es decir, el juicio no es para condenar a los que están en Cristo, sino para reconocer a los que han permanecido en Él por la fe.

B. El sábado como signo mal interpretado

Otro motivo de confusión es la relación entre el sábado y la salvación. Muchos evangélicos piensan que los adventistas predican: “Si no guardas el sábado, estás perdido”. Este tipo de declaración jamás debería salir de labios adventistas, y sin embargo, ha sido repetida en múltiples contextos, dando la impresión de que el sábado es un requisito legal externo para obtener la salvación.

Lo que en realidad enseña la teología adventista es que el sábado es una señal de descanso en la justicia de Cristo, un símbolo perpetuo de la redención y de la creación (Éxodo 20:8–11; Hebreos 4:1–10). Guardar el sábado no nos salva, pero quien ha sido salvo por gracia y desea vivir en comunión con el Creador, acepta su invitación al reposo.

C. La obediencia como medio de justificación: un error predicado

No son pocos los casos en los que adventistas sinceros han enseñado —de forma implícita o explícita— que la obediencia a la Ley, y especialmente al sábado, es la condición para ser aceptados por Dios. Aunque esto contradice nuestras creencias fundamentales sobre la justificación por la fe, es un mensaje que se ha filtrado en la práctica de algunos ministerios independientes o campañas de evangelismo mal planteadas.

El resultado es devastador: una imagen de inseguridad permanente, donde el creyente vive bajo la sombra de la condenación, y donde la obediencia es vista como una obra para ganarse el favor divino, no como el fruto natural del amor redentor.

D. El silencio sobre la seguridad en Cristo

Por otro lado, hemos hablado mucho de ley y poco de gracia. Hemos explicado el santuario, el juicio, las profecías y la dieta… pero no hemos predicado con la misma claridad la certeza de salvación que hay en Cristo.

*“Mientras tengamos fe en Cristo, nuestra salvación está segura. Nuestra debilidad no está en la fe, sino en la incredulidad.”*²

Algunos creyentes honestos han vivido años dentro de la iglesia sin escuchar que pueden tener paz con Dios hoy, que pueden estar seguros en Jesús, y que no necesitan esperar hasta el final del juicio para saber si serán salvos. Este vacío es el que muchos calvinistas han aprovechado para ofrecer una “seguridad” rápida, automática, e incondicional.

Pero la verdadera seguridad, la que está en Cristo, no es incondicional, sino relacional. No se basa en predestinación, sino en comunión diaria.

III. ¿Qué es la verdadera seguridad de la salvación?

La pregunta que muchos creyentes sinceros se hacen es:

¿Puedo estar seguro de que soy salvo? ¿O debo esperar hasta el juicio para saberlo?

La respuesta bíblica y adventista es clara: sí, puedes tener seguridad de salvación hoy, siempre que esa seguridad esté anclada en Cristo y no en tu propio desempeño. Pero esta seguridad no es automática, ni incondicional, ni independiente de tu respuesta libre y continua a la gracia.

A. No es presunción: el peligro de la falsa seguridad

Muchos que se aferran a la idea de “una vez salvo, siempre salvo” terminan descansando en una fe intelectual, sin fruto, y confunden seguridad con presunción espiritual. El mismo Jesús advirtió:

“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos... Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos...? Y entonces les declararé: Nunca os conocí” (Mateo 7:21–23).

Aquí hay personas que creían estar salvas, pero su confianza estaba en su actividad religiosa, no en una relación viva con Cristo.

La falsa seguridad afirma: “Estoy salvo porque hice una oración” o “Porque fui bautizado”. Pero el Evangelio llama a una seguridad que nace de la comunión continua con el Salvador, no de un rito aislado o una fórmula doctrinal.

B. No es fatalismo: el peligro del determinismo calvinista

La teología calvinista clásica enseña que la salvación de los seres humanos está determinada desde la eternidad por un decreto soberano de Dios. Según esta doctrina, Dios elige incondicionalmente a algunos para ser salvos y a otros para ser condenados, no en base a su fe, respuesta o amor, sino por un misterio de su sola voluntad¹.

Esta enseñanza pretende ofrecer seguridad, pero en realidad destruye la base relacional y moral del evangelio. Si la salvación depende exclusivamente de un decreto eterno e irreversible, entonces:

  1. El carácter amoroso de Dios queda comprometido: ¿Cómo puede un Dios que es amor (1 Juan 4:8) crear personas para condenarlas eternamente sin darles verdadera oportunidad de responder a su gracia? ¿Qué sentido tiene el llamado de Jesús a “venir a mí todos” (Mateo 11:28) si el “todos” ya está predeterminado?
  2. La salvación se vuelve injusta: ¿Cómo podría un juez justo condenar a alguien que nunca tuvo la posibilidad real de elegir la vida? La Biblia dice: “Dios no hace acepción de personas” (Hechos 10:34), pero el determinismo calvinista establece la acepción como fundamento mismo de la salvación.
  3. El creyente vive en una incertidumbre aún mayor: Muchos sinceros calvinistas viven preguntándose: “¿Soy realmente salvo o solo creo que lo soy?”. Si alguien cae en pecado o duda, entonces tal vez nunca fue realmente elegido, y sus esfuerzos, su fe y su experiencia espiritual pueden haber sido solo un espejismo.
  4. Se impone una salvación sin relación: La elección soberana no depende de comunión, amor o fidelidad. Se convierte en una relación sin libertad, un pacto sin consentimiento. El evangelio, tal como lo vivió Jesús, es una invitación a una relación viva y amorosa, no una imposición unilateral (cf. Apoc. 3:20).
  5. Dios aparece como un tirano celestial: En su forma extrema, el calvinismo presenta a un Dios que impone su voluntad sin respetar la libertad moral de sus criaturas. Esto convierte la redención en una operación divina unilateral, sin el consentimiento del ser humano. Tal Dios no invita ni persuade, sino que ordena y selecciona según su decreto oculto.
  6. Esta imagen de Dios reproduce exactamente la acusación que Satanás hizo en el cielo: que Dios exige obediencia ciega, sin libertad de elección; que es un dictador cósmico que impone su voluntad por poder, no por amor.

Pero el verdadero Dios del evangelio busca el amor voluntario de sus criaturas. Él llama, espera, invita. No forza, no manipula, no predestina arbitrariamente.

“He puesto delante de ti la vida y la muerte… escoge, pues, la vida” (Deuteronomio 30:19).

“El que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apocalipsis 22:17).

Dios es justo y amoroso porque respeta la libertad humana, y a través de su Espíritu Santo capacita a cada persona para responder a su gracia.

C. La seguridad relacional: el corazón del mensaje bíblico

En contraste con la presunción y el fatalismo, la Biblia presenta una seguridad real y firme, pero condicionada a una relación viva, amorosa y constante con Cristo.

“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3).

La seguridad de la salvación no es simplemente una declaración legal hecha en los registros celestiales, como si se tratara de un archivo cerrado, sino que es el fruto de una restauración real de la relación perdida en el Edén, en la cual el ser humano vuelve a vivir en comunión con Dios por medio de Cristo, el segundo Adán (cf. Romanos 5:12–19).

Esta restauración no es solo un estatus forense, sino una transformación vivida. El creyente es habilitado diariamente por el Espíritu Santo para vivir la vida de Cristo, para amar como Él amó, servir como Él sirvió y perseverar como Él perseveró. Es más que tener una “posición” en el cielo: es tener una conexión con el cielo, restaurada por el poder regenerador del Espíritu (cf. Efesios 2:4–6; Gálatas 2:20).

La seguridad, entonces, no proviene de mirar al pasado y decir “yo creí”, sino de vivir cada día en la certeza de que Cristo vive en mí (Gálatas 2:20). El paso de estar “muertos en delitos y pecados” a una vida nueva en Cristo no es una ficción legal, sino una experiencia concreta de reconciliación, transformación y armonía con los principios divinos (Efesios 2:1–10).

“El que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5).

D. Una paz presente, no una incertidumbre futura

La Biblia promete paz con Dios ahora:

“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1).

“En esto se ha perfeccionado el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio... En el amor no hay temor” (1 Juan 4:17–18).

Estas promesas afirman que el creyente puede vivir confiado incluso en el contexto del juicio, no porque sea perfecto, sino porque su fe lo une a Aquel que sí lo es, y lo representa delante del Padre como su Abogado y Sumo Sacerdote (1 Juan 2:1–2; Hebreos 7:25).

E. Obediencia: fruto, no causa de salvación

La seguridad en Cristo no es incompatible con la obediencia. Por el contrario, la verdadera obediencia es la evidencia natural de una fe viva:

“El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, es mentiroso” (1 Juan 2:4).

“El que permanece en mí, este lleva mucho fruto” (Juan 15:5).

Cuando la seguridad es genuina, produce obediencia voluntaria, humilde y gozosa. Cuando es falsa, produce orgullo, indiferencia o libertinaje.

F. Elena de White y la seguridad en Cristo

*“El que se aferra a Cristo no necesita temer. Mientras permanezcamos en Él, ningún poder nos puede arrebatar de su mano”*².

La hermana White escribió con frecuencia acerca de la paz interior que puede tener el creyente, y afirmó que “mientras tengamos fe en Cristo, nuestra salvación está segura”³. Esta no es una fe teórica, sino una confianza activa en Aquel que vive para interceder por nosotros (Hebreos 7:25), y cuya justicia no solo nos cubre, sino que también nos transforma.

G. ¿Cómo saber si estoy salvo?

La respuesta no es: “Porque me bauticé hace diez años”, sino:

¿Estoy unido a Cristo hoy? ¿Confío en Él hoy? ¿Permanezco en Él hoy?

Esa es la seguridad bíblica y adventista: una certeza relacional, renovada cada día en comunión con Jesús, sostenida por la gracia, manifestada en frutos, y afirmada en la paz del Espíritu Santo.

IV. El juicio investigador y la seguridad en Cristo

La doctrina del juicio investigador, tal como la enseña la Iglesia Adventista del Séptimo Día, ha sido objeto de numerosas críticas, tanto desde dentro como desde fuera del mundo evangélico. Algunos la ven como una amenaza a la seguridad de salvación, un retorno al legalismo o una “espada colgando sobre la cabeza del creyente”. Sin embargo, esta comprensión es profundamente errónea y nace de un malentendido tanto del juicio como del evangelio mismo.

El juicio investigador, correctamente comprendido, es una afirmación del amor, la justicia y la misericordia de Dios, y una poderosa garantía de que aquellos que están en Cristo no serán avergonzados en el día del juicio.

A. El juicio en la Biblia: una buena noticia para los justos

A diferencia de la percepción moderna, donde “juicio” se asocia con condenación, la Biblia presenta el juicio como una vindicación del pueblo de Dios y una respuesta al clamor de los justos.

“Y el Juez se sentó, y se abrieron los libros... y se dio el juicio a los santos del Altísimo” (Daniel 7:10, 22).

“Temed a Dios, y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado” (Apocalipsis 14:7).

En las Escrituras, el juicio no es algo que ocurre contra los fieles, sino a favor de ellos. El Salmo 96 lo dice con claridad:

“Alégrense... delante de Jehová, porque vino a juzgar la tierra” (Salmo 96:11–13).

B. El juicio investigador no es para ver quién se salva, sino quién permanece en Cristo

Dios no necesita examinar libros celestiales para saber quién es salvo. Él conoce a los suyos desde antes de la fundación del mundo (2 Timoteo 2:19). El juicio investigador no es para informar a Dios, sino para:

  1. Revelar delante del universo quiénes han recibido y mantenido su fe en Cristo.
  2. Desenmascarar a los que han tenido una fe falsa o superficial.
  3. Cerrar el ciclo cósmico del gran conflicto, vindicando el carácter de Dios ante los ángeles y los mundos no caídos (cf. Apocalipsis 12:10–11).
Este juicio, por tanto, no es para producir miedo en los hijos de Dios, sino para mostrar quiénes han vivido en una relación viva y perseverante con Cristo.

C. Cristo es nuestro Cordero, nuestro Sumo Sacerdote y nuestro Abogado

La seguridad de la salvación en el juicio está enraizada en el modelo del santuario terrenal, que era sombra del verdadero ministerio de Cristo en el cielo (Hebreos 8:1–5). Todo el ritual del santuario apuntaba a Jesús:

  • Él es nuestro Cordero pascual (1 Cor. 5:7).
  • Su sangre es nuestra expiación (Lev. 17:11; Heb. 9:22).
  • Su resurrección es la garantía de que tenemos un Abogado y Sumo Sacerdote inmortal que vive para interceder por nosotros (Heb. 7:25).

Cuando el israelita pecaba, traía un cordero al santuario, confesaba su pecado sobre él y su culpa era transferida simbólicamente al santuario (Lev. 4:27–31). Su fe estaba en la sangre del cordero, no en su propia justicia. Al hacerlo, podía salir en paz, con la seguridad del perdón divino, no por méritos, sino por la sangre derramada.

Pero esa sangre no borraba el pecado de inmediato: el pecado permanecía simbólicamente en el santuario, acumulado hasta el Día de la Expiación (Lev. 16), cuando el sumo sacerdote entraba al lugar santísimo para purificar el santuario de los pecados confesados. Este acto no implicaba volver a juzgar al transgresor, ni devolverle el pecado: era la eliminación definitiva del pecado registrado, la culminación del proceso de perdón.

Así también, Cristo, nuestro verdadero Sumo Sacerdote, ha entrado al lugar santísimo del santuario celestial para llevar a cabo la fase final de su obra redentora (Heb. 9:23–26). Su sangre no solo nos justifica, sino que purifica el registro celestial, asegurando que los pecados confesados sean completamente borrados.

D. El juicio no revisa para condenar, sino para asegurar la redención ante el universo

El juicio investigador no es para juzgar otra vez a los creyentes que manifestaron fe en el Cordero, sino para:

  • Confirmar públicamente la justicia de Dios al salvarlos.
  • Dar certeza al universo no caído —pero no omniciente— de que es seguro restaurar a pecadores redimidos en la comunidad celestial.

Este proceso es esencial dentro del gran conflicto. Satanás ha acusado a Dios de ser injusto, de perdonar arbitrariamente, de imponer su voluntad. El juicio investigador responde a esas acusaciones mostrando que la salvación es genuina, libre, transformadora y justa. No basta con que Dios diga que alguien está perdonado; Dios permite que sus criaturas lo vean, lo entiendan y lo confirmen (cf. Apoc. 15:3–4).

E. Seguridad en Cristo durante el juicio

La idea de que un verdadero creyente debe vivir con miedo al juicio es incompatible con el evangelio. El juicio no pone en duda la eficacia del sacrificio de Cristo. El juicio confirma esa eficacia en aquellos que han permanecido en Él.

“En esto se ha perfeccionado el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio... En el amor no hay temor” (1 Juan 4:17–18).

El juicio investigador no debilita nuestra seguridad en Cristo, la fortalece, porque muestra que Dios está dispuesto a revisar el universo entero con tal de que no haya una sola duda sobre la justicia de su salvación.

F. Vivir con gozo en tiempos de juicio

Saber que estamos en tiempo de juicio (cf. Daniel 8:14; Apocalipsis 14:7) no debe infundir temor paralizante, sino una actitud de reverencia, vigilancia y gratitud. En Cristo, el creyente puede decir con confianza:

“¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió... el que también intercede por nosotros” (Romanos 8:33–34).

La fe adventista no enseña que debemos esperar el resultado del juicio como una lotería eterna. Enseña que ya hoy, mediante la fe viva en Cristo, podemos tener la plena seguridad de que somos aceptos en el Amado (Efesios 1:6), y que si permanecemos en Él, nada ni nadie nos podrá separar del amor de Dios (Romanos 8:38–39).

V. ¿Cómo podemos estar seguros durante el juicio?

A medida que el juicio investigador avanza en el cielo, muchos se preguntan con ansiedad: ¿Cómo puedo tener paz? ¿Puedo vivir con seguridad sabiendo que mi nombre podría ser examinado hoy? ¿Estoy preparado? La respuesta a estas preguntas no está en una seguridad mística ni en la autosuficiencia moral, sino en la profunda comprensión de la obra sumo sacerdotal de Cristo, según la tipología del santuario, y en una fe activa en su mediación a nuestro favor.

A. El juicio investigador es la fase final de la obra de expiación

Según la creencia adventista, la sangre de Cristo asegura el perdón y la aceptación del creyente arrepentido, pero los pecados permanecen inscritos en los libros celestiales hasta que sean borrados. Así como en el servicio típico del santuario el sumo sacerdote purificaba el lugar santísimo una vez al año, en el día de la expiación, Cristo ahora está cumpliendo esa obra solemne en el cielo:

*“La sangre de Cristo, ofrecida en beneficio de los creyentes arrepentidos, les aseguraba el perdón y la aceptación del Padre, pero no obstante sus pecados permanecían inscritos en los libros de registro [...] Esta es la obra que comenzó cuando terminaron los 2.300 días”*¹.

Por lo tanto, el juicio investigador no contradice el perdón, sino que lo completa. El pecado confesado es transferido a Cristo y llevado al santuario. En el juicio, ese pecado no es devuelto ni reexaminado para condenar al pecador arrepentido, sino borrado para siempre.

B. La obra de Cristo como Sumo Sacerdote: seguridad basada en su ministerio

Jesús no solo murió por nosotros; vive hoy por nosotros, intercediendo como Sumo Sacerdote celestial. Esta es la gran verdad que da fundamento a nuestra esperanza y seguridad:

*“Cristo no entró en un santuario hecho por manos humanas [...] sino en el cielo mismo, para presentarse ahora ante Dios en favor nuestro [...] puede salvar por completo a los que por medio de él se acercan a Dios, ya que vive siempre para interceder por ellos”*².

Así como el israelita salía en paz del santuario tras confesar su pecado sobre el cordero, nosotros podemos vivir hoy con plena certeza de que nuestros pecados están cubiertos por la sangre de Cristo y serán borrados en el juicio. Él es nuestro Abogado, nuestro Cordero y nuestro Sacerdote (1 Juan 2:1; Hebreos 9:24; 7:25).

C. ¿Quiénes serán aceptados en el juicio?

No todos serán aprobados en el juicio investigador. Elena de White explica que:

*“Cuando alguien tenga en los libros de registros pecados de los cuales no se arrepintió y no fueron perdonados, su nombre será borrado del libro de la vida [...] A todos los que se hayan arrepentido verdaderamente de su pecado, y por medio de la fe reclamen la sangre de Cristo como su sacrificio expiatorio, se les ha inscrito el perdón frente a sus nombres en los libros del cielo”*³.

El juicio no está dirigido a los que viven en comunión con Cristo, sino a aquellos que, tras profesar fe, han dejado de andar con Él, ocultando o justificando sus pecados (cf. Ezequiel 18:24). Por tanto, la seguridad durante el juicio depende de una vida de fe activa y de arrepentimiento sincero.

D. Seguridad para el que se arrepiente y confiesa

La promesa es firme:

“El que encubre sus transgresiones, no prosperará; mas el que las confiesa y las abandona, alcanzará misericordia” (Proverbios 28:13, VM).

Dios no pide perfección sin mancha, sino un corazón contrito y un espíritu humilde (Salmo 51:17). Cristo ofrece su gracia a todos los que le buscan con sinceridad. La intercesión de Jesús no es una formalidad legal, sino una lucha real por cada alma que lo invoca:

*“Jesús aboga en su favor con sus manos heridas, su cuerpo quebrantado, y declara a todos los que quieran seguirle: 'Bástate mi gracia'”*⁴.

E. El día de la expiación antitípico: llamado a la preparación

Estamos viviendo en el equivalente profético del Día de la Expiación. Así como en el antiguo Israel todos debían humillarse ante Dios, ahora también somos llamados a afligir nuestras almas y a abandonar toda ligereza espiritual:

*“Todos los que desean que sus nombres sean conservados en el libro de la vida, deben ahora... afligir sus almas ante Dios con verdadero arrepentimiento y dolor por sus pecados [...] La obra de preparación es obra individual [...] Cada cual tiene que ser probado y encontrado sin mancha, ni arruga, ni cosa semejante”*⁵.

Esta no es una obra de autosalvación, sino la respuesta humana a la obra poderosa del Espíritu Santo que nos prepara para comparecer ante el Rey.

F. Contemplar al Sumo Sacerdote: fuente de fortaleza diaria

La seguridad de la salvación en este tiempo de juicio no se logra mirando al yo, sino contemplando a Cristo en su obra actual en el santuario celestial:

*“Por la fe debemos entrar velo adentro, ‘donde entró por nosotros como precursor Jesús’. Allí se refleja la luz de la cruz del Calvario; y allí podemos obtener una comprensión más clara de los misterios de la redención”*⁶.

Mirar a Cristo en su obra sumo sacerdotal fortalece nuestra fe, inspira santidad y nos llena de esperanza firme en medio del conflicto final. Podemos vivir con seguridad, no por nuestras obras, sino porque Él vive para interceder por nosotros y pronto terminará su obra para venir a buscarnos.

VI. ¿Cómo vivir hoy con seguridad, fruto y victoria en Cristo?

La doctrina del juicio investigador y el ministerio sumo sacerdotal de Cristo no son conceptos lejanos o meramente teóricos. Tienen un impacto directo en la experiencia espiritual del creyente. La seguridad no se encuentra en mirar hacia uno mismo, ni en el temor paralizante, sino en una relación viva, constante y transformadora con Jesús. La fe que justifica también santifica; la gracia que perdona también capacita.

A. Seguridad en Cristo, no en uno mismo

El creyente puede vivir con plena seguridad, no porque haya alcanzado la perfección sin pecado, sino porque está escondido en Cristo y permanece en Él:

“Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gálatas 2:20).

“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8:1).

Esa “seguridad en Cristo” no es una presunción legal, sino una experiencia real de comunión constante con el Salvador vivo. Elena de White lo expresa así:

*“El que permanece en Cristo tiene la seguridad de ser aceptado por Dios. Si mora Cristo en el corazón, Él se manifestará en la vida”*¹.

B. La vida cristiana es una vida de conexión, no de perfección sin lucha

No se trata de alcanzar un estándar inmaculado para ser aceptado, sino de permanecer en comunión con Cristo, confesando, creciendo y confiando diariamente. El pecado no es la norma, pero si el creyente cae, tiene un Abogado:

“Estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2:1).

La victoria no se alcanza por el esfuerzo humano aislado, sino por la dependencia continua del poder del Espíritu Santo. Elena de White afirma:

*“Nadie considere, pues, sus defectos como incurables. Dios concederá fe y gracia para vencerlos”*².

C. El fruto es evidencia, no condición de aceptación

Las obras no salvan, pero testifican de una fe viva. Así como el árbol bueno da fruto por naturaleza, el creyente unido a Cristo lleva fruto como resultado de su comunión con Él (Juan 15:4–5). Este fruto es evidencia en el juicio, no mérito ante él.

“El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5).

D. La victoria sobre el pecado es posible en Cristo

Aunque la naturaleza humana tiende al mal, Cristo ha vencido por nosotros y en nosotros. Su vida perfecta se convierte en nuestro modelo y su poder, en nuestra fuente de victoria. Elena de White lo expresa con fuerza:

*“Cristo vivió una vida como la que todos pueden vivir [...] revelando que la humanidad puede vencer como Él venció”*³.

Esto no significa impecabilidad absoluta en esta vida, sino una victoria progresiva sobre los hábitos del pecado, fruto de una entrega diaria y completa a Jesús.

E. El juicio inspira reverencia, no temor paralizante

Vivir en tiempo de juicio no significa vivir con ansiedad. Significa vivir despiertos, sobrios, conscientes del tiempo profético, con el corazón inclinado a Dios:

*“El pueblo de Dios debería comprender claramente el asunto del santuario y del juicio investigador. [...] Cada cual deberá encontrarse cara a cara con el gran Juez”*⁴.

Pero ese juez es también nuestro Abogado, Amigo, Salvador y Sacerdote. Si vivimos en Él, vivimos con gozo, no con temor:

“El que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida” (Apoc. 3:5).

F. Claves para vivir con seguridad, fruto y victoria

  • Permanecer diariamente en Cristo por medio de la oración, la Palabra y la dependencia constante.
  • Confesar los pecados y abandonarlos inmediatamente, sabiendo que hay gracia y poder para vencer (Proverbios 28:13).
  • Vivir con humildad, no con confianza propia, sabiendo que el que persevere hasta el fin será salvo (Mateo 24:13).
  • Vigilar el corazón, y evitar toda forma de mundanalidad o indiferencia espiritual (Apoc. 3:15–20).
  • Mirar siempre al Santuario celestial, donde Cristo intercede por nosotros con sus manos heridas (Hebreos 9:24; 6:20).
VII. El papel de la libertad humana en la experiencia de la seguridad

Teología Adventista y Teología Calvinista: Convergencias, divergencias y esperanza en el ministerio sumo sacerdotal de Cristo

Uno de los grandes puntos de tensión entre la teología adventista y la calvinista gira en torno a la seguridad de la salvación. Aunque ambas corrientes afirman que la salvación es posible solo por la gracia de Dios y mediante la fe en Cristo, difieren profundamente en cómo se entiende esa seguridad, cómo se sostiene en el tiempo, y qué papel juega la libertad humana.

A. Puntos convergentes: A pesar de sus diferencias, adventistas y calvinistas comparten creencias esenciales del evangelio bíblico:
  1. La salvación es por gracia, no por obras (Efesios 2:8–9).
  2. Cristo es el único mediador entre Dios y los hombres (1 Timoteo 2:5).
  3. La justificación es un acto declarativo de Dios, basado en los méritos de Cristo (Romanos 5:1).
  4. El creyente tiene seguridad y paz al confiar plenamente en el sacrificio de Cristo (Juan 10:27–28).
Estos puntos son fundamentales y representan un terreno común para el diálogo cristiano. Sin embargo, al profundizar en la mecánica espiritual de cómo se mantiene esa salvación, las diferencias son notables y cruciales.


C. Las consecuencias del determinismo calvinista

Aunque bien intencionada, la idea calvinista de que Dios elige soberanamente quién se salva y quién se pierde sin intervención o respuesta humana destruye:

  • El carácter relacional de Dios, mostrado en Jesús, quien llama, invita, respeta, se compadece y espera respuesta (Mateo 11:28; Apoc. 3:20).
  • La certeza real del creyente, pues aunque se afirma que la salvación es segura, no hay forma humana de saber si uno fue efectivamente elegido.
  • La justicia y el amor divinos, ya que se presenta a un Dios que no salva a todos no por falta de oportunidad, sino por decisión previa.
  • La reivindicación del carácter de Dios ante el universo, pues Dios parecería confirmar las acusaciones de Satanás de ser un dictador que impone su voluntad sin libertad.

Este modelo da razón a Satanás: “Dios no respeta la voluntad de sus criaturas, exige obediencia sin opción”. Pero el evangelio muestra que Dios llama con amor, convence con su Espíritu, y espera con paciencia (2 Pedro 3:9).

D. La seguridad relacional en la fe adventista

Frente al modelo determinista, la teología adventista presenta una seguridad basada en la relación continua con Cristo. No es una seguridad legal declarada una vez para siempre, sino una seguridad vivencial, diaria y gozosa. Esta seguridad:

  1. Es fruto de una relación viva con Cristo, no de una predestinación eterna.
  2. Se mantiene mientras el creyente permanece en Cristo (Juan 15:5–6).
  3. Se basa en la obra constante del Espíritu Santo en la vida del redimido.
  4. Refleja el carácter de Jesús, quien vivió como hombre completamente entregado al Padre.

La vida cristiana no es una “salvación en pausa”, sino una vida nueva y activa, en comunión con el cielo. Como declara Elena de White:

*“Podemos perfeccionar una vida en este mundo que sea un ejemplo de justicia y vencer como Cristo venció”*⁵.

E. Cristo como Sumo Sacerdote: la respuesta final a la confianza del creyente

Cristo no solo murió por nosotros; vive por nosotros. Su obra como Sumo Sacerdote en el santuario celestial es la clave para vivir con seguridad, fruto y confianza durante el juicio. Él:

  • Intercede constantemente (Heb. 7:25).
  • Presenta su sangre por nosotros (Heb. 9:24).
  • Borrará nuestros pecados confesados del registro celestial (Apoc. 3:5).
  • Confesará nuestros nombres delante del Padre (Mateo 10:32).

Como Sumo Sacerdote, Jesús no impone salvación, la ofrece y la sostiene para todo el que cree. El juicio investigador no amenaza al creyente, sino que vindica la justicia de Dios al salvar pecadores arrepentidos.

F. Conclusión: Salvación segura, relacional y transformadora

La fe adventista no niega la seguridad de la salvación; la ubica donde siempre debió estar: en una relación viva y perseverante con Jesús. Esa relación no niega la libertad humana, sino que la honra y la ennoblece. En este marco:

  1. No vivimos en temor, sino en reverencia activa.
  2. No confiamos en obras, sino en el poder del Espíritu Santo.
  3. No seguimos por obligación, sino por amor y gratitud.

Y así, cada día, mientras el juicio está en sesión, podemos decir con confianza:

“Yo sé en quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2 Timoteo 1:12).

VIII. La verdadera base de la seguridad: Cristo viviendo en mí

Muchos han sido enseñados a buscar seguridad en una declaración legal o en una decisión pasada. Pero la Escritura y el testimonio de Jesús nos muestran que la verdadera seguridad no consiste en una garantía incondicional, sino en una relación viva y real con Cristo, en la cual Él habita en nosotros por el Espíritu y nos capacita para vivir conforme a su voluntad.

Esta seguridad relacional, profundamente bíblica y espiritual, no es una invención moderna, ni una fórmula psicológica de autoafirmación. Es la continuidad del evangelio eterno predicado desde el Edén hasta el Apocalipsis, la vida de Cristo reproducida en su pueblo redimido, y la esperanza del santuario cumplida en el corazón de cada creyente.

A. El Antiguo Testamento también predicó el evangelio

Contrario a la idea de que el Antiguo Testamento presenta una religión legalista y caduca, el Espíritu de Profecía afirma que es el evangelio en sombras y figuras. Todo lo que Cristo representa hoy como Salvador, Abogado, Mediador y Rey, fue anticipado en tipos y símbolos en el servicio del santuario y en la experiencia de los patriarcas:

*“El Antiguo Testamento es tan ciertamente el Evangelio en sombras y figuras como el Nuevo Testamento lo es en su poder desarrollado”*¹.

Abel fue salvo por la sangre del cordero, símbolo de Cristo. Enoc caminó con Dios y vivió la experiencia de la transformación, como lo harán los justos antes de la segunda venida. Noé, Abraham, Moisés, David—todos vivieron por fe en el Mesías venidero. Jesús era la luz del mundo ya en los días de Enoc y Noé. El evangelio es uno, y su propósito ha sido siempre el mismo: restaurar en el hombre la imagen divina, hacerlo partícipe de la vida de Cristo.

B. Cristo en mí: el nuevo Adán, la nueva vida

La seguridad del creyente no se encuentra en el yo, ni en una justificación sin fruto, sino en una unión vital con Cristo que transforma la vida desde adentro hacia afuera. Pablo lo expresó así:

“Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” (Col. 1:27).

“Haya en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús [...] se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte [...] por tanto [...] ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros obra así el querer como el hacer” (Fil. 2:5–13).

Esta cooperación entre la voluntad humana y el poder divino no niega la gracia: la exalta, porque muestra cómo el cielo se une con la tierra para restaurar lo perdido. El gran misterio del evangelio es que Dios se hace carne para que la carne pueda ser transformada por su Espíritu.

C. La obra más solemne jamás confiada a los mortales

Cristo está purificando el santuario celestial (Heb. 9:23), y el creyente es llamado a cooperar en la purificación del santuario de su propia alma. El juicio investigador no es solo un proceso cósmico: es una invitación urgente al arrepentimiento, a la limpieza, al abandono del yo, al despertar espiritual:

*“Están purificando el santuario. Nosotros deberíamos estar junto con Dios en la realización de esta obra, y estar purificando el santuario de nuestras almas de toda injusticia”*².

Mientras Cristo ministra en el cielo, el creyente obra su salvación en la tierra, no con miedo esclavizante, sino con reverencia profunda, con hambre de justicia, con entrega real. Esta obra no puede hacerse sin Cristo; pero tampoco puede hacerse sin nosotros. Elena de White declara con claridad:

*“Cristo puede obrar con ustedes, pero nunca obrará sin la cooperación del ser humano”*³.

D. Seguridad sin orgullo, victoria sin presunción

La verdadera seguridad no da lugar al orgullo espiritual ni a la presunción. Al contrario, produce humildad, gratitud, alabanza y servicio desinteresado. El creyente seguro no se gloría en sí mismo, sino que exalta a Jesús. Vive no para justificar su estado, sino para glorificar al Salvador que lo sostiene.

*“No hay tiempo para la glorificación del yo, sino únicamente para exaltar a Jesús”*⁴.

*“Cuando tenemos un seguro asidero de lo alto, Satanás no puede tentarnos”*⁵.

La vida cristiana no consiste en mirar hacia uno mismo preguntando constantemente “¿soy salvo?”, sino en mirar a Cristo, confiar en su presencia constante, y vivir en obediencia amorosa y continua. El mismo Cristo que murió y resucitó es el que vive en nosotros para capacitarnos.

E. El cielo está a nuestra disposición: ¿responderemos?

Elena de White concluye con un llamado profundo:

*“Todo el cielo está a nuestra disposición. Tan pronto como amamos a Dios con todo nuestro corazón [...] Dios obrará a través de nosotros”*⁶.

Y nos desafía:

*“¿Estamos listos para la lluvia tardía? [...] Ustedes que han estado abrigando el pecado y la maldad en el corazón, fracasarán aquel día”*⁷.

La experiencia de Cristo en mí es el único fundamento sólido para tener seguridad en el tiempo del juicio y poder ser partícipes de la lluvia tardía y de la victoria final.

F. Conclusión: Vivir en Cristo, vivir seguros

Cristo no vino solo a pagar nuestra culpa. Vino a restaurar nuestra vida. La seguridad del creyente no está separada del fruto, ni desconectada de la obediencia, ni basada en decretos eternos sin participación humana. Está en esto: Cristo vive en mí. Su Espíritu obra en mí. Su carácter se forma en mí. Su justicia me cubre. Su sangre me limpia. Su intercesión me sostiene. Su venida me llama.

Esta es la seguridad real, viviente, práctica. La seguridad del evangelio eterno.

El mensaje del juicio investigador, lejos de ser una amenaza o una carga para el creyente, es un mensaje de esperanza, justicia y restauración. En un tiempo en que la confusión teológica sobre la seguridad de la salvación reina en muchos círculos cristianos, el evangelio eterno revelado en el mensaje del santuario y confirmado por el ministerio sumo sacerdotal de Cristo nos ofrece una visión equilibrada y profundamente bíblica de la salvación.

La fe adventista no niega la seguridad del creyente, sino que la reubica en su centro bíblico: Cristo mismo, habitando en el corazón por el Espíritu Santo, intercediendo por nosotros en el cielo y obrando en nosotros en la tierra. Esta seguridad no es estática ni automática; es relacional, cooperativa, progresiva y victoriosa.

Dios no ha predestinado arbitrariamente quién se salva y quién se pierde. Ha predestinado un plan glorioso de redención en Cristo, al que todos son invitados a participar mediante fe activa, arrepentimiento genuino y permanencia perseverante. Jesús no solo pagó nuestra deuda: vive para capacitarnos a andar en novedad de vida, a ser restaurados a la imagen de Dios y a vivir seguros en medio del juicio.

Hoy, en el tiempo más solemne de la historia humana, cuando el juicio está en curso y Cristo ministra en el Lugar Santísimo, podemos vivir con gozo, paz, seguridad y fidelidad, porque Aquel que intercede por nosotros es fiel, justo, compasivo y poderoso para salvar hasta lo sumo a los que se acercan a Dios por Él.

📜 RESUMEN DOCTRINAL EN FORMA DE TESIS

Tesis 1. La seguridad de la salvación no se basa en un decreto soberano e incondicional de Dios, sino en una relación viva, diaria y perseverante con Cristo, sustentada por el poder del Espíritu Santo.

Tesis 2. La fe salvadora incluye confianza, arrepentimiento y obediencia; no como méritos para ganar salvación, sino como frutos del nuevo nacimiento y evidencia de permanencia en Cristo.

Tesis 3. El juicio investigador no contradice la gracia, sino que revela la justicia, la misericordia y la fidelidad de Dios al salvar a todo aquel que confía en Jesús y persevera hasta el fin.

Tesis 4. El ministerio sumo sacerdotal de Cristo en el Santuario celestial es la clave para comprender la seguridad del creyente en el tiempo del fin: Cristo intercede, defiende y limpia el registro de los pecados confesados.

Tesis 5. La libertad humana no es abolida por la gracia, sino elevada y restaurada. Cada persona puede responder al llamado del evangelio y sostener una relación voluntaria con Cristo.

Tesis 6. La verdadera seguridad del creyente no lo lleva al descuido, sino a una vida de santidad, dependencia, humildad y fidelidad en el poder de Dios.

Tesis 7. El evangelio eterno revelado en el Antiguo y Nuevo Testamento muestra que la salvación siempre ha sido por gracia mediante la fe, y que el propósito final de Dios es restaurar su imagen en el ser humano.

Tesis 8. La esperanza del creyente en medio del juicio no se basa en su desempeño ni en su temor, sino en la confianza de que Cristo vive en él, intercede por él y lo transforma a su semejanza.

Tesis 9. El mensaje del santuario y del juicio investigador no anula la seguridad del creyente; al contrario, le da fundamento, profundidad y coherencia con el carácter de un Dios justo, santo, amante y relacional.

Tesis 10. La fe adventista, bien entendida y correctamente presentada, ofrece al mundo un evangelio equilibrado, centrado en Cristo, bíblicamente sólido y capaz de preparar a un pueblo para encontrarse con su Dios en paz.

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Notas al pie

Véase Louis Berkhof, Systematic Theology (Eerdmans, 1996), pp. 270–278. También, Westminster Confession of Faith, XVII.1: “A los que Dios ha aceptado en su amado... ciertamente perseverarán hasta el fin.”

Véase Manual de Doctrinas Fundamentales de la Iglesia Adventista del Séptimo Día (2020), doctrina 10: “La experiencia de la salvación es mantenida por una relación viva y continua con Cristo.”

Véase El Conflicto de los Siglos, cap. 28, “El juicio investigador”: “En el juicio se manifestará quién... permaneció hasta el fin en la fe en Cristo.”

Elena G. de White, Mensajes Selectos, t. 1, p. 388.

Cf. Westminster Confession of Faith, XVII.2: “Esta perseverancia de los santos no depende de su propio libre albedrío, sino de la inmutabilidad del decreto de elección.”

Elena G. de White, El Conflicto de los Siglos, p. 489.

Elena G. de White, Review and Herald, 10 junio 1902.

Elena G. de White, Mensajes Selectos, t. 1, p. 388.

Elena G. de White, El Conflicto de los Siglos, pp. 471–472.

Ibíd., pp. 473–474.

Ibíd., pp. 474–475.

Ibíd., p. 476.

Ibíd., p. 477.

Ibíd., p. 478.

Elena G. de White, El Camino a Cristo, cap. 8.

Elena G. de White, El Conflicto de los Siglos, p. 476.

Elena G. de White, 9 Manuscript Releases, p. 238.

Ibíd., p. 477.